Nov 192011
 

[:us]“I think she’s retarded,” said the helpful neighbor. She was a big-busted woman with cheerfully tinted blonde hair and multicolored polyester clothes. She lived next to a young woman who was fleeing domestic abuse; it was their third visit to the Self-Help Legal Clinic at Superior Court.

The abuse survivor – we’ll call her “Juana” – looked like a child in comparison with her buxom neighbor, and was in fact only about 4’7.” She looked like she had been raised on malnutrition and never had a square meal in her life. I’m only 4’11,” and this young woman made me feel tall and strong.

They kept on coming back. Juana had filed for a restraining order against her violent husband, with the help of her neighbor, and it had been denied. When it came time to explain to the judge the reasons for the restraining order, Juana froze. She literally could not say a word or describe a single detail of what had happened, only stare like a trapped animal transfixed by the oncoming headlights.

If the neighbor hadn’t heard and witnessed the abuse, there would have been no intervention or record of the husband’s behavior.

There are ironies associated with being an interpreter. The interpreter is supposed to be shadow, an echo, an invisible link between people who speak two different languages. There are ethical rules and regulations about being a bilingual shadow.

But interpreters are also thinking, feeling human beings. In fact, we need to use our judgment constantly, even while operating on the premise that we will add nothing, change nothing, be merely a reflection of what is said, in the same “register” – emotional tone, educational level and kind of vocabulary – in which it is being said.

This task can be exhausting – such as interpreting for a rape and torture victim at a criminal trial, then interpreting for her abuser. The interpreter becomes an echo of violence, suffering, of unspeakable acts, without being able to change what happened in the past or affect the future outcome.

It’s easy to feel at such times that we don’t make a difference, (other than doing our best to be transparent, professional, and responsible, all of which go with the territory).

One interpreter who I know transferred from the criminal courts to Children’s Protective Services after such a trial, because she decided that anything would be easier.

There are times when it’s difficult not to see our role as advocate. After all, we’re not just interpreting words, phrases, grammar. We’re interpreting culture. And people’s well-being – and even lives – can hang in the balance.

“Well, I don’t know what to do with her, poor, little thing,” the neighbor explained in a voluble mix of English and Spanglish. She was one of those people who so radiate health and contentment that everything she said sounded upbeat. “Maybe she’s just not all there, if you know what I mean.”

Juana was there – silent – but I felt her presence. I began to talk softly to her. I told her that I was an interpreter at the Clinic. That I was happy to listen to whatever she had to say. That I would write down everything for the judge, so he would know why she wanted the restraining order. That I would take down every word and I wouldn’t change anything. That I would listen attentively. That I wanted to hear what she had to say, and that other people wanted to hear it, too.

Silence. The neighbor shrugged her shoulders, as if to ask, “well, what did you expect?”

Suddenly, Juana began to speak, surprising all of us. She spoke in a low, far-away voice, looking at a space over my shoulder. I had to run to the computer, log on, input the case number, and start typing as fast as I could. Now that she had started, she wasn’t going to stop until she had finished.

Her being pressured to leave the tiny rural community – el rancho – where she was born and to come to this country undocumented in order to marry a man in his fifties, because her family didn’t have enough to eat at home. The rapes. The beatings. The recriminations. His rape of her teen-aged sister when she came to visit. The last straw – when he tore his own child from her breast, threw the baby to the floor, and proceeded to rape her. Because this silent and terrified girl who spoke no English and couldn’t even leave the apartment was obviously a whore and didn’t deserve anything better. When he treated his own child with such brutality, she knew there was no hope for her.

She spoke for almost an hour. Then she was done, and there was silence once more.

The neighbor had tears rolling down her cheeks, and my fingers were burning from moving so quickly on the keyboard.

Juana got her restraining order.

[:mx]”Creo que es una discapacitada mental,” dijo la vecina amable. Era una mujer de busto grande, su pelo alegremente teñido color rubio y vestida en ropa de poliéster multicolor. Vivía junto a una joven que estaba huyendo del abuso doméstico; fué su tercera visita a la Clínica Legal de Auto Ayuda del Tribunal Superior.

La sobreviviente del abuso – la llamaremos “Juana” – parecía una niña comparada a su vecina pechuguera, con una estatura de unos 4’7.” Parecía que ella había sido criado en la desnutrición y nunca había tenido una comida completa en su vida. Soy baja de estatura, también – sólo 4’11” – y esta joven me hizo sentir alta.

Volvían de nuevo a la Clínica. Juana había entablado una demanda– una orden de restricción de su marido violento, con la ayuda de su vecina, pero la orden fue negada. Cuando llegó el momento de explicarle al juez los motivos por la orden de restricción, Juana se quedó inmóvil y muda. Literalmente, no pudo decir ni una palabra ni describir un solo detalle de lo que le había sucedido, solamente mirar fijamente al juez, como un animal paralizado por los faros del carro que se le acercaba.

Si la vecina no hubiera escuchado y presenciado el abuso, no habría ocurrido ninguna intervención ni existirían ningunas pruebas del comportamiento del marido violento.

Ser intérprete le presenta a uno algunas contradicciones o ironías. Se supone que el propósito de ser intérprete es actuar como una sombra, un eco, un vínculo invisible entre personas que hablan dos idiomas diferentes. Hay normas éticas y regulaciones referentes a la conducta apropiada de las sombras bilingües.

Sin embargo, los intérpretes son seres humanos que piensan, también, y que sienten todas las emociones humanas. De hecho, necesitamos utilizar constantemente nuestro propio juicio, mientras operando con el compromiso de no agregar nada, no cambiar nada, y ser un mero reflejo de lo que nuestro clientes están diciendo, y aún más, decirlo en el mismo “registro” – tono emocional, nivel educativo y tipo de vocabulario – que usan los mismos clientes.

Esta tarea puede ser agotadora — como es, por ejemplo, interpretar por una víctima de violación y tortura en un juicio penal, y luego, ser el intérprete de su abusador. El intérprete se convierte en un eco de la violencia y sufrimiento, de actos abominables, sin poder cambiar lo que ocurrió en el pasado ni afectar los hechos futuros.

Es fácil sentir en esos momentos que no tenemos ningún impacto, (excepto por realizar nuestro compromiso de ser transparente, profesional y responsable – las responsabilidades fundamentales de ser interprete).

Conozco a una intérprete que sé transfirió de los tribunales criminales a los servicios de protección infantil después de un juicio similar, porque decidió que cualquier caso sería menos penoso que tal juicio.

Hay momentos en que es difícil no ver nuestro papel como defensor del cliente. Después de todo, no sólo interpretamos palabras, frases, gramática. Estamos interpretando las culturas. Y el bienestar de un ser humano real — incluso su vida — puede estar detenida en un hilo.

“Bueno, no sé qué hacer con ella, pobrecita,” explicó la vecina en una voluble mezcla de inglés y Spanglish. Fué una de esas personas que irradian tanta salud y alegría que todo lo que dicen suena alegre y positivo. “Tal vez ella no está todo ahí, si sabes lo que quiero decir, “ me dijo, dándose un golpecito en la cabeza, con poca sutileza.

Juana estaba allí, muda, pero sentí su presencia. Le comencé a hablar, muy suavemente. Le expliqué que yo era un intérprete en la Clínica. Que me complacería escuchar todo lo que ella tenía que decir. Que escribiría todo para el juez, para que comprendiera por qué ella pedía la orden de restricción. Que escribiría cada palabra suya y no le cambiaría nada. Que quería escucharla atentamente. Que quería escuchar todo lo que tenía que decir, y que otras personas querían saberlo, también.

Silencio. La vecina se encogió de hombros, como si preguntara, “bueno, ¿qué se puede esperar de ella?”

De repente, Juana comenzó a hablar, sorprendiéndos. Ella habló en voz baja y distante, mirando al espacio. Tuve que correr para prender la computadora, iniciar la sesión, archivar el número del caso y comenzar a escribir a maquina tan rápido como pude. Ahora que ella había comenzado, no iba a parar hasta que lo hubiera dicho todo.

La presión por parte de sus familiares para que saliera de la pequeña comunidad campesina – el rancho–donde nació y venir a este país como indocumentada para casarse con un hombre cincuentón desconocido, porque su familia no tenia suficiente para comer. Las violaciones. Los golpes. Las recriminaciones. La violación de su hermana adolescente cuando llegó a visitarla. El colmo: cuando él arrastró violentamente a su propio hijo del pecho de la madre, lo arrojó al suelo y procedió a violarle a ella, la madre de su propia carne y hueso.

Porque esta chica silenciosa y aterrorizada que no hablaba ni una palabra de inglés ni podía abandonar el apartamento, obviamente era una prostituta y no merecía nada mejor.

Cuando lo vió comportándose con tal brutalidad hacia su propio hijo, ella se dió cuenta que no había ninguna esperanza para ella.

Nos habló por casi una hora, desahogándose. Cuando había dicho todo que tenia que decir, dejó de hablar, y una vez más hubo silencio. Habían lágrimas rodando por las mejillas de la vecina, y los dedos me quemaban por moverse tan rápidamente en el teclado. Juana sí consiguió la orden de restricción.

  2 Responses to “The Saga of the Successful Restraining Order / La Saga de la Orden de Restricción Exitosa”

  1. A very moving story. I’m glad you were there to support this unfortunate young woman. Thank you.

  2. I’m going to respond as if I had the power and position to circulate this award winning piece of writing/journalism/account of human compassion on a widespread basis, which is where I think it belongs. I’m going to (if I may) copy this blog entry to share on a smaller scale with my fellow board members at the Santa Cruz Women’s Health Center, which has been in operation in Santa Cruz since 1974 and in the main serves English-speaking and Spanish-speaking women and children. Awesome Dorothy, thank you.

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